[Reseña] El Juicio de los 7 de Chicago: Crónica de una historia judicial

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El Juicio de los 7 de Chicago (2020), es el segundo largometraje dirigido por Aaron Sorkin, notable guionista de películas como Moneyball (2012) y The Social Network (2010).

Sorkin destaca principalmente como narrador de historias que se adscriben a un contexto determinado. Su obra cinematográfica se construye en base al entendimiento de la sociedad estadounidense, tanto en su pasado tormentoso como en su inestable presente.

Protagonistas de la historia

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El Proceso de los 7 de Chicago, relata el proceso judicial que siguieron ocho activistas políticos durante el gobierno del republicano Richard Nixon, acusados de provocar disturbios en la ciudad durante una convención política. Juicio a todas luces irregular y rechazado por la población, que la película ausculta desde las relaciones entre los procesados.

Este protagonismo coral se favorece por la diversidad de personalidades y puntos de vista de cada uno. Los líderes estudiantiles moderados, los yuppies libertinos, el demócrata bienintencionado y el líder afroamericano, cada cual desde su posición, aportan los matices necesarios para evitar beatificar la representación histórica y humanizar la reivindicación que propone la película.

Destacan en el elenco Sacha Baron Cohen como Abbie Hoffman, Eddie Redmayne como Thomas Hayden y Yahya Abdul-Mateen II como George Seale. También el abogado defensor Kunstler, interpretado por Mark Rylance y del lado acusador el veterano juez Hoffman, que encarna Frank Langella; brillante en la composición de crueldad de una estructura judicial y política. Su presencia afectada por la debilidad física, contrasta con su manera arbitraria de aplicar la ley.

Las luchas de ayer y hoy

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Las luchas de estos activistas de los años sesenta, en medio de un gobierno republicano beligerante y conservador, no difiere mucho del presente – o de las últimas tres décadas – de Estados Unidos. Por el contrario, afirma una continuidad en los modos y las acciones políticas tanto internas como externas. Sorkin plantea un dilema ético y no teme en asumir una postura ante ella. El ‘enemigo’ trasciende colores partidarios y se convierte en una amenaza más compleja, pero confrontable desde distintos frentes.

Si bien la criminalización de la protesta mantiene un eje principal, también se menciona reiteradamente la importancia de recordar los objetivos tangibles de las luchas sociales: el bienestar colectivo. La conciencia de la significación histórica de estas luchas, en tal sentido, se convierte en una urgencia para los protagonistas.

Si bien el trabajo de Aaron Sorkin destaca más en el guion que en la dirección, y muchos momentos resultan en exceso ilustrativos, la estructura narrativa mantiene la firmeza necesaria de esta revisión histórica pertinente y – al parecer – siempre vigente.